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PALANTIR y las SOCIEDADES de CONTROL 2.0

By Café Kyoto

Summary

Topics Covered

  • La vigilancia se volvió infraestructura silenciosa
  • El poder moderno opera desde lo probable y lo acceptable
  • El panóptico evolucionó de architecture del encierro a infraestructura de datos
  • La fuga es disputar cómo el mundo se vuelve describible
  • La vigilancia produce sujetos que se piensan como variables

Full Transcript

No vivimos rodeados de cámaras, vivimos rodeados de inferencias. No hay un ojo que nos observe todo el tiempo, pero sí una serie de sistemas que de forma silenciosa reconstruyen quiénes somos a

partir de los fragmentos de una existencia dispersa. Datos sueltos,

existencia dispersa. Datos sueltos, hábitos mínimos y trayectorias apenas perceptibles. Aunque no haya una figura

perceptibles. Aunque no haya una figura que mire ni un gesto explícito de control, está ahí y es sino de algo más difuso y por eso mismo más difícil de señalar. una forma de poder que no

señalar. una forma de poder que no necesita mostrarse para operar. La

experiencia cotidiana ya no es la de sentirse observado, sino la de sentirse anticipado. Antes de decidir, alguien o

anticipado. Antes de decidir, alguien o mejor dicho algo ya nos ubicó dentro de una categoría estadística. No se nos juzga por lo que hicimos, sino que se

nos evalúa por lo que podríamos llegar a hacer. En algún momento no del todo

hacer. En algún momento no del todo claro de la última década y media, la vigilancia dejó de ser una escena excepcional para convertirse en infraestructura. De hecho, hay empresas

infraestructura. De hecho, hay empresas cuy materia prima no son los objetos, ni siquiera la información en bruto, sino la capacidad de relacionar datos.

Directamente se lucran de transformar esos registros dispersos en mapas de riesgo, perfiles de conducta y escenarios futuros. Ya no venden una

escenarios futuros. Ya no venden una herramienta de control en el sentido más vulgar del término, venden una promesa todavía más inquietante, que es la de

volver legible todo aquello que antes era incierto, donde había una duda, predicción, donde había una ambigüedad, correlación y donde había tiempo, cálculo. Pero reducir este fenómeno a

cálculo. Pero reducir este fenómeno a una empresa concreta, aunque no está además nombrar a Palantir, por ejemplo, sería quedarse flotando en la superficie porque lo que está en juego no es un

abuso puntual o una desviación, sino la consolidación de una racionalidad que entiende que el poder no necesita violencia visible ni castigos ejemplares

porque opera desde muchísimo antes en el nivel de lo probable, de lo normal y de lo aceptable, al punto de que [música] ya no hace falta la transgresión porque

alcanza a congestionar preventivamente los comportamientos. Por eso, capaz la

los comportamientos. Por eso, capaz la pregunta ya no sea quiénes lo vigilan, ni siquiera quién controla los datos, sino qué tipo de subjetividad se produce cuando la vigilancia deja de ser un acto

y se vuelve condición. Cuando no hay castigo visible, ni órdenes claras, ni mucho imponer la obediencia, alcanza con excluir y recomendar para ser del ejercicio de nuestra libertad el

resultado estadísticamente más esperado.

Ah.

[música] [música] ¿Alguna vez pensaste lo importante que es preservar tu identidad en internet?

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Vivimos en una época reloca en la que el control no siempre se siente como control. De hecho, a veces se siente

control. De hecho, a veces se siente como una recomendación que nos llega cortita y al pie y esa es capaz la forma más oscura en la que nos puede llegar, cuando ya no se presenta como amenaza

externa, sino como una lógica razonable del mundo. Una lógica que administra la

del mundo. Una lógica que administra la vida cotidiana sin necesidad de andar haciendo exhibición y que disciplina sin la necesidad de castigar. La primera

sensación es la de estar dentro de un cálculo más que abajo de un ojo gigante.

No tenemos bien en claro el cuándo, pero es como si una parte de nuestra existencia hubiese sido traducida a una gramática que no nos pertenece.

Perfiles, patrones, correlaciones y riesgos. Independientemente de que haya

riesgos. Independientemente de que haya una cámara enfrente, alcanza con que haya sistemas que decidan qué es sospechoso, qué es normal, qué es

improbable o qué es aceptable. Y ahí

empieza a brotar el problema de todo este asunto, ese umbral donde lo técnico confunde con lo político, no el miedo a ser observado. Es el agotamiento de

ser observado. Es el agotamiento de saberse el legible para una maquinaria que no busca comprendernos, sino predecirnos. Para ese momento, esa

predecirnos. Para ese momento, esa experiencia afectiva se vuelve un problema teórico, porque si uno intentara pensar esta época solamente desde la indignación, nos vigilan, nos

roban los datos, nos manipulan, corre el riesgo de quedarse en la superficie moral del fenómeno y la vigilancia contemporánea justamente se hace mucho

más fuerte cuando se la piensa como exceso o abuso. problemático porque si se la imagina como un desvío y no como una racionalidad estructural, se puede

llegar a creer que es algo corregible.

El punto más inquietante es lo otro, que la vigilancia se convirtió en una condición de posibilidad de la vida, que ya no es una práctica excepcional reservada de los momentos de crisis, sino una normalidad que se organiza en

nombre de la eficiencia, la seguridad, la productividad o el orden. Por eso, en esta ocasión vamos a desempolvar un clásico, vigilar y castigar de Michelle Foucault. Para sorpresa de algún que

Foucault. Para sorpresa de algún que otro trasnochado, en esta obra él no está describiendo prisiones únicamente, está describiendo una mutación histórica del poder, el paso desde un poder

soberano que se afirmaba en el castigo visible y espectacular, principalmente sobre el cuerpo, ilustrada a través de la escena pública del suplicio, hacia un

poder disciplinario que se vuelve mucho más silencioso, más continuo y hasta más cotidiano. un poder que no se conforma

cotidiano. un poder que no se conforma con sancionar y pone el eje en fabricar conductas y en esa organización va produciendo sujetos. Lo importante acá

produciendo sujetos. Lo importante acá es entender que para Foucault la disciplina no es solo represión, es una tecnología de fabricación de normalidad.

El cuerpo deja de ser el lugar donde se inscribe el castigo y pasa a ser el lugar donde se inscribe la utilidad. Por

eso él desplaza el eje de la cuestión de cómo destruir al culpable a cómo convertir a la población en algo administrable, dócil, productivo y

previsible. No gobernar a pesar de la

previsible. No gobernar a pesar de la vida, sino gobernar a través de la vida.

Ahí aparece el panóptico como síntesis conceptual. Recordemos que en Foucault

conceptual. Recordemos que en Foucault no es una prisión, sino una idea de funcionamiento del poder, una organización de la visibilidad que hace posible que el control sea potencialmente

permanente, incluso cuando no se ejerce de forma directa. Que la vigilancia sea más eficaz cuando menos necesita intervenir. Y lo peor es que esa

intervenir. Y lo peor es que esa eficacia depende de la distribución de los cuerpos en el espacio, del registro de la comparación, del examen, de la producción de un saber sobre individuos

prescindiendo de la violencia. Si esto

se vuelve oscuro, es porque nos obliga a abandonar una imagen ingenua del poder, como si el poder fuera una cosa que alguien tiene y que aplica sobre otros.

En Fou, ya saben, el poder es una relación, es una red de dispositivos, prácticas y saberes que atraviesan instituciones y nuestro día a día. Por

eso, vigilar y castigar no es un libro sobre la maldad estatal y la sed irrefrenable de sangre de preso. Nos

cuenta cómo se construye un mundo donde la conducta puede ser conducida sin la necesidad de una orden explícita. Un

poder que en lugar de golpear organiza, que en lugar de destruir corrige y que en lugar de castigar normaliza. Y es en esa clave que los tecnolooigarcas de Silicon Valley y Derivados dejan de ser

un caso y se vuelven un síntoma.

Palantir, por ejemplo, surge a principios de los años 2000 en un cruce muy preciso entre el capital de riesgo de Silicon Valley y el complejo de seguridad nacional estadounidense.

Fundada en el clima político posterior al 11 de septiembre, su razón de ser estuvo desde el inicio ligada a una demanda estatal concreta. Procesar

volúmenes masivos de datos para volverlos operativos en tareas de inteligencia, control y anticipación.

Sus plataformas no se limitan a almacenar información. Su función

almacenar información. Su función central es integrar y correlacionar datos heterogéneos: financieros, policiales biométricos migratorios

sanitarios para detectar patrones, inferir comportamientos y asistir la toma de decisiones. Durante muchos años, sus principales clientes fueron agencias de inteligencia, fuerzas de seguridad y

organismos militares. Y más

organismos militares. Y más recientemente esa lógica se expandió hacia gobiernos locales, sistemas de salud y empresas privadas. Palantir

puede presentarse en términos de eficiencia y seguridad, sin embargo, lo que comercializa no es solo software, sino una racionalidad política, una forma de mirar la realidad social como

algo que puede ser vuelto legible, clasificable y gobernable mediante datos. Y es precisamente ahí donde el

datos. Y es precisamente ahí donde el Estado define ciertos cuerpos y territorios como riesgo. Ahora, la

pregunta no es, Palantir vigila como si el problema fuese una empresa particularmente siniestra, aunque poquito sí. La pregunta es, ¿qué pasa

poquito sí. La pregunta es, ¿qué pasa cuando la lógica panóptica se traduce a infraestructura computacional? Por esta

infraestructura computacional? Por esta razón, por lo menos yo, empiezo a inferir, que este malestar no viene de una opresión evidente, sino de una vida

que empieza a sentirse preformateada. Es

como si lo posible estuviera levemente cercado por sistemas que no te prohíben, pero sí que te empujan, que te anticipan, que te puntúan. Es un poder

que no necesita humillarte en público porque le alcanza con reorganizar tu campo de movimiento para que elijas lo

que se espera que elijas.

El giro decisivo no es tecnológico, es político y consiste en que el poder ya no necesita mirar para gobernar. En el

modelo clásico que Foucault reconstruye en vigilar y castigar, la vigilancia se organizaba alrededor de la visibilidad, ver sin ser visto, exponer los cuerpos a una mirada posible y permanente. De ahí

la eficacia del panóptico, que no hacía falta observar todo el tiempo porque bastaba con que la observación fuera imaginable. El sujeto disciplinado no

imaginable. El sujeto disciplinado no obedecía por la fuerza, sino porque había interiorizado la posibilidad de la mirada. El poder se volvía eficaz cuando

mirada. El poder se volvía eficaz cuando lograba instalarse como autocontrol, pero ese esquema, y aunque ya haya cumplido 50 años, lejos de desaparecer, fue absorbido por una racionalidad mucho

más amplia. La vigilancia contemporánea

más amplia. La vigilancia contemporánea no elimina el panoptismo, directamente lo desborda. No necesita cuerpos

lo desborda. No necesita cuerpos alineados en un espacio cerrado, sino trayectorias dispersas en entornos tan abiertos y vastos como lo son las redes.

Claramente eso no quita que el alambrado está lejos. Pero está por eso el

está lejos. Pero está por eso el panóptico deja de ser una arquitectura del encierro y se convierte en una infraestructura de datos. Esta es la clave. El control deja de operar sobre

clave. El control deja de operar sobre individuos observables y empieza a operar sobre poblaciones inferidas. No

interesa tanto quién sos, sino qué posibilidad represent. No es el acto

posibilidad represent. No es el acto concreto, sino la desviación potencial.

La vigilancia llega como gestión preventiva de lo posible y si pasa sanciona. Pero el castigo es secundario

sanciona. Pero el castigo es secundario comparado con la administración del riesgo. Ahí es donde el panoptismo se

riesgo. Ahí es donde el panoptismo se articula con la segunda racionalidad que Foucault desarrolló en sus cursos posteriores, la lógica de la seguridad.

Si la disciplina buscaba producir cuerpos dóciles mediante la normalización, la seguridad busca regular procesos. puede no corregir cada

regular procesos. puede no corregir cada desviación si las puede mantener dentro del umbral de lo aceptable. Gobernar

entonces deja de significar imponer una norma y pasa a significar organizar el campo de lo probable, trabajar sobre esos flujos, tendencias, correlaciones, intervenir directamente en los

escenarios y no sobre sujetos concretos.

Si bien existe hace un par de décadas, Palantin emerge como una condensación extrema de esa mutación. Ellos no

vigilan en un sentido burdo del término, no siguen cuerpos uno por uno aún teniendo la capacidad. Ellos integran

datos que antes estaban dispersos, cruzan fuentes, detectan patrones y construyen modelos que permiten anticipar comportamientos. Es pura

anticipar comportamientos. Es pura capacidad de predicción, casi como si se tratara de un dispositivo de lectura del futuro. Esta es una de las discusiones

futuro. Esta es una de las discusiones simbólicas más desafiantes para dar, porque cuando el poder se ejerce a través del cálculo, deja de presentarse como poder. vas a ser más como una

como poder. vas a ser más como una especie de artilugio técnico profesionalizado y neutral, pero atrás de eso siempre hay una decisión política, aunque se la presente como el

resultado lógico de un modelo que también viene acompañado de otro problema y es el convertir elecciones históricas y conflictos sociales en problemas de gestión. Esto nos exige

también problematizar aún más el tema de la seguridad, que ya no se busque justicia o verdad no es novedad para nadie. El tema es que no es solamente

nadie. El tema es que no es solamente una cuestión de orden, se busca estabilidad, minimizar riesgo y optimizar las respuestas, pero para eso se necesita traducir la vida social a

datos procesables. Y eso es lo que les

datos procesables. Y eso es lo que les permite clasificarnos y etiquetarnos para después definirnos como una población de riesgo. Encima es circular y produce las condiciones de su propia confirmación. Este tipo de vigilancia

confirmación. Este tipo de vigilancia desplaza la violencia porque ya no se ejerce como castigo visible, sino como exclusión. ordena restringiendo

exclusión. ordena restringiendo posibilidades a través de recomendaciones sistemáticas. No le hace

recomendaciones sistemáticas. No le hace falta a él no hagas eso porque le alcanza con que eso nos resulte

improbable, costoso o inviable.

Este problema ya no es solamente técnico, es político en el sentido más crudo de la palabra. ¿Quién define qué es amenaza? ¿Quién establece el umbral

es amenaza? ¿Quién establece el umbral de lo tolerable? ¿Quién decide qué vidas son gestionables y cuáles se vuelven prescindibles? En ese cruce entre

prescindibles? En ese cruce entre estado, infraestructura tecnológica y lógica empresarial es donde el dispositivo se vuelve más denso que nunca. Palantir, por ejemplo, no es un

nunca. Palantir, por ejemplo, no es un actor externo que asiste al poder público, sino que forma parte de una convergencia estructural entre el aparato estatal, el complejo militar

policial y la racionalidad corporativa.

El Estado demanda capacidad de anticipación. La empresa ofrece modelos

anticipación. La empresa ofrece modelos predictivos. Y el resultado es una forma

predictivos. Y el resultado es una forma de gobierno donde la decisión política se apoya sobre arquitecturas de datos que nadie eligió democráticamente, pero

que reorganizan como nadie la vida en sociedad. Si parás 2 minutos a pensarlo,

sociedad. Si parás 2 minutos a pensarlo, es lo más coherente que ofreció el capitalismo en siglos. Lo mismo pasa cuando empezamos a rastrear cuáles son

los lugares en donde más operan. la

frontera, el policiamiento urbano, la gestión migratoria, todos esos campos comparten una misma gramática que es la de identificar patrones, detectar anomalías y clasificar riesgos. El

problema es que en esa traducción siempre hay un recorte, siempre hay un criterio, siempre hay una norma implícita que define qué cuenta como orden y qué como amenaza, pero tampoco

nos confundamos. Puede que la tecnología

nos confundamos. Puede que la tecnología sea nueva, pero no deja de ser la optimización de un sistema represivo que ya existía con consecuencias materiales bien concretas. Cuando un sistema define

bien concretas. Cuando un sistema define una zona como de alto riesgo, esa zona específica recibe más patrullaje policial. Cuando un algoritmo asocia

policial. Cuando un algoritmo asocia ciertos perfiles con probabilidades delictivas, a esos perfiles se los aborda con muchísima más frecuencia.

Cuando una base de datos cruza información migratoria con antecedentes financieros o sanitarios, ciertos cuerpos quedan más expuestos a la intervención estatal. Decirlo en voz

intervención estatal. Decirlo en voz alta hasta para mí da la sensación de que esa decisión no es política porque deriva de los datos, pero los datos

nunca hablan solos y eso lo tenemos clarísimo. Hablan desde una estructura

clarísimo. Hablan desde una estructura que los organiza. Lo más turbio es que este tipo de poder no necesita consenso explícito. Es capaz de legitimarse en

explícito. Es capaz de legitimarse en nombre de la seguridad. A ver, sigue la misma estrategia retórica de los reaccionarios cuando apelan.

¿Quién pondría oponerse a más seguridad?

O, ¿quién podría rechazar una herramienta que prometa anticipar delitos o prevenir amenazas? El problema

es que la pregunta no es si queremos seguridad, sino bajo qué condiciones, a qué costo y sobre qué cuerpo se va a ejercer. Puede que suene un poco

ejercer. Puede que suene un poco reiterativo, pero nunca está de más recordar quienes históricamente fueron definidos como peligrosos. Migrantes,

pobres, racializados, disidencias. Más

temprano que tarde vamos a terminar cayendo en la reproducción circular y matemática de una situación económica e histórica preexistente que refuerza la estadística y reproduce la misma opresión de toda la vida. El problema es

que cuando la discriminación se expresa en lenguaje técnico, es muchísimo más difícil de impugnar. La estética de este poder es fría, limpia, elegante, no necesita sangre, funciona mejor porque

parece racional y encima está completamente integrada al paisaje cotidiano como una herramienta más.

Y ahí radica su fuerza en que la dominación no se experimenta necesariamente como violencia, sino como normalidad. El asunto no está en

normalidad. El asunto no está en identificar al vigilante porque eso es evidente. El Estado y las empresas que

evidente. El Estado y las empresas que trabajan para ellos. Hay nombres y apellidos muy concretos. El asunto está en entender la estructura que vuelve posible esta forma de gobierno, donde la seguridad se convierte en un argumento

final y que fue completamente absorbida por una maquinaria que lo traduce en riesgo gestionable.

Fugas, ¿qué hacemos? ¿Nos vamos de internet? ¿Des instalamos todo y

internet? ¿Des instalamos todo y empezamos a crear gallinas felices? O

mejor todavía mandamos cartas graciosas con olor a pólvora a la facultad de ingeniería desde una cabaña en el bosque? Hablar de fuga en un mundo de

bosque? Hablar de fuga en un mundo de vigilancia digital tiene algo deliciosamente paradójico, porque la primera fantasía, la más intuitiva y por eso mismo la más infantil es creer que

existe una afuera, un lugar tan puro como la comarca, donde no llegan los Naswul ni el poder del señor oscuro.

Pero spoiler, no hay comarca y si la hubiera ya sabemos que los Nasgul la tenían geolocalizada o porque Saruman ya estaba elaborando con Palantir antes de que saltara la ficha de botón. Por eso

la fuga no puede pensarse como un acto romántico de desaparición total. No es

tirar el celular en el monte del destino o cualquier otro método de destrucción de objeto ficticio de tu preferencia y caminar hacia el horizonte en cámara lenta. En el mejor de los casos, es una

lenta. En el mejor de los casos, es una práctica sostenida de interrupción, algo menos épico que escaparse al bosque, pero bastante más incómodo que twitear

sobre eso desde la cabaña con Wi-Fi satelital. A lo que voy con tanto

satelital. A lo que voy con tanto boludeo es que si eso es así, resistir no equivale a esconderse del ojo, sino a disputar la forma misma en el que el

mundo se vuelve describible. Acá aparece

una primera intuición y que es bastante incómoda. Gran parte de la cultura

incómoda. Gran parte de la cultura digital contemporánea nos educó en una ética de la transparencia. Si no tenés nada que esconder, no tenés nada que temer. Me dio como si la privacidad

temer. Me dio como si la privacidad fuera una cuartada moral y no un derecho político. Es como si la opacidad fuera

político. Es como si la opacidad fuera culpa. Pero si nos detenemos un toque a

culpa. Pero si nos detenemos un toque a pensar en que vivimos en un mundo donde la clasificación antecede a la decisión, no ser legible del todo por lo menos es una forma mínima de libertad. Esta fuga

nos exige arrancar con una inversión afectiva, que es dejar de pensar la privacidad como un capricho individual y empecemos a verla como una práctica colectiva de cuidado. No se trata de

proteger mis datos como quien protege una propiedad, sino de proteger el espacio donde todavía puede existir lo no anticipable, el error, la contradicción, el cambio, el

aprendizaje, la ambivalencia, todo lo que la vigilancia trata como anomalía, pero que en realidad es la textura humana de la vida. Ahora bien, el sistema también aprende y aprende

rápido. Hay que estar pillos porque cada

rápido. Hay que estar pillos porque cada gesto de resistencia individual puede ser absorbido como hábito de nicho, como estética o como identidad. Ya saben,

todas las cosas del detox digital, la vida lowtech que se termina convirtiendo en merchandising, todas esas cosas. Por

eso la fuga que interesa acá no es la que se convierte en un estilo de vida exportable, sino la que produce fricciones posta, la que mete ruido donde el sistema espera señales medianamente claras, esa que vuelve

costosa la extracción de sentido. Hay

prácticas que podrían nombrarse como cierta indisciplina contemporánea. Suena

medio ganso decirlo de esta manera, pero partamos de una realidad.

Esto es una máquina incesante generar datos y mientras más aspectos de nuestra vida pasen por acá, más datos le estamos dando a las empresas que se lucran de hacer cosas turbias con eso. Por

consiguiente, recuperar tiempos no optimizables, rehabilitar formas de conversación que no dejan registro o directamente encontrarnos en espacios que no dependan de las plataformas es

romper esa lógica. Y no estoy apelando a la presencialidad como nostalgia, sino como una política material concreta.

Hablo de pensar en formas de hacer política que no pasen por una API, porque hay un montón de esas experiencias que siguen siendo irreductibles, como el propio cuerpo.

También podemos nombrar otra estrategia, la del ruido deliberado, que es el exceso y la confusión. No esconderse es confundir. Pensemos que si la vigilancia

confundir. Pensemos que si la vigilancia digital opera por patrones, el hecho de romperlos o fabricar patrones falsos tiene muchísimo potencial saboteador. Es

reintroducir incertidumbre en un sistema que se alimenta de previsibilidad.

Pensémoslo también como mandar un mensaje con una letra espantosa. De

alguna forma estamos protegiendo un mensaje que es visible, pero no por eso es legible. Obvio que estos tiene

es legible. Obvio que estos tiene ciertos límites, no dejan de ser prácticas individuales que más temprano que tarde van a chocar con una realidad estructural. La vigilancia no es solo

estructural. La vigilancia no es solo una relación entre usuario y plataforma, es una infraestructura sostenida por acuerdos institucionales, marcos legales, contratos estatales y una

economía política que favorece esa extracción. Es menester que si queremos

extracción. Es menester que si queremos conducir hacia otro lugar que no sea la mera supervivencia íntima, necesitamos organizarnos porque el poder que clasifica poblaciones, al igual que en

el mundo analógico, no se enfrenta únicamente con hábitos personales, se enfrenta con conflictos colectivos que sean capaces de imponer condiciones,

llámese límites, auditorías, prohibiciones, rupturas contractuales, protecciones legales y también prácticas comunitarias. que disputen la

comunitarias. que disputen la centralidad de las plataformas. En este

punto conviene decir algo que puede sonar un toque boludo, sí, pero no por eso deja de ser una verdad brutal. Si la

vigilancia digital funciona en parte porque cada individuo está aislado en su propio vínculo con la máquina. Entonces,

una posibilidad de fuga real empieza cuando ese vínculo se rompe como relación privada y se vuelve un tema público, cuando se deja de tratar como mi privacidad y se nombra como nuestro

derecho a no ser gobernados por inferencias. soberanía cognitiva.

inferencias. soberanía cognitiva.

Tenemos que entender que la vigilancia no solo amenaza libertades abstractas, sino que administra desigualdades muy concretas como quién es sospechoso por

defecto, quién es controlado más, quién es expulsable, quién es rastreable o quién es una persona de riesgo. Y ahí

aparece una idea muy importante.

Resistir no es negar la técnica.

Resistir es negar la naturalización de una forma de gobierno. Es disputar el sentido de seguridad cuando seguridad significa clasificación. Es disputar el

significa clasificación. Es disputar el sentido de eficiencia cuando eficiencia significa exclusión. Es disputar hasta

significa exclusión. Es disputar hasta el sentido de neutralidad, cuando neutralidad significa que nadie se hace cargo y todos se hacen los boludos. Y en

esa disputa, la fuga, por más ingrata que nos pueda resultar, obliga al sistema a mostrar cuáles son sus costos, sus sesgos y sus decisiones políticas, porque el tema de fondo acá es la misma

promesa que hace toda racionalidad de control, un mundo sin sorpresas.

[música] Y esa promesa cuando se la mira bien es una promesa de muerte lenta, no porque vaya a matarnos físicamente, aunque a veces también, sino porque mata

lo que hace vivible la vida, lo que todavía no tiene nombre.

No hay un cierre feliz para un mundo como este. Y no porque estemos

como este. Y no porque estemos condenados, más bien porque este régimen no se termina destruyendo el anillo único y listo. Las sombras del señor oscuro se infiltraron hasta en lo más

cotidiano y lo más probable es que vuelvan. Ya sea bajo el nombre de Morgos

vuelvan. Ya sea bajo el nombre de Morgos como un mal ontológico y ruptura de la creación, de Sauron como mal organizativo y voluntad de dominación total, del rey brujo como delegación

espectral del poder oscuro o de Saruman como imitación tecnocrática y fragmentaria del modelo. El mal reside en cómo circulamos, cómo trabajamos,

cómo nos comunicamos, cómo somos clasificados incluso antes de hablar. Y

por eso este cierre no puede prometer liberación total sin caer en el mismo tipo de ficción que criticamos. La

pregunta es otra entonces y bastante más áspera. ¿Cómo se vive cuando sabes que

áspera. ¿Cómo se vive cuando sabes que el mundo se está organizando para volverse completamente elegible? Capaz

tengamos que empezar por aceptar algo que es bastante incómodo. La vigilancia

digital produce un tipo de sujeto que aprende a pensarse como si fuera un conjunto de variables. Un sujeto que se mira desde afuera como si fuera un perfil de Instagram. Un sujeto que

anticipa su propia evaluación, que se corrige para encajar, que evita el ruido o lo peor de todo que administra su imagen como forma de supervivencia. Y

ese proceso es profundamente político.

Cuando normalizamos eso, la vigilancia ya no se necesita imponer porque se vuelve sentido común, es lo que hay. Se

empieza a vivir con el horizonte más bajo que nunca, con menos expectativas de autonomía, con menos confianza en la posibilidad de organizar la vida de otra manera. Y vos no pusiste ni participaste

manera. Y vos no pusiste ni participaste en ninguna instancia democrática para discutir esas reglas. Pero si algo muestra la siempre confiable genealogía fucoltiana, es que el poder, por más

sofisticado que sea, nunca es total. No

existe un control sin fisuras. Incluso

en los dispositivos más cerrados siempre hay ficciones, desviaciones, improductividad, opacidad y lo más importante, resistencia. Y lo digo como

importante, resistencia. Y lo digo como un hecho material bien concreto. La vida

excede, el cuerpo excede, el lenguaje excede, la comunidad excede. El problema

es que ese excedente no siempre se vuelve política. A veces queda en cosas

vuelve política. A veces queda en cosas residuales como cansancio, bronca, tristeza. Y lo que quiero que se lleven

tristeza. Y lo que quiero que se lleven de acá es poder transformar ese resto en decisión. Porque una de las violencias

decisión. Porque una de las violencias más profundas de la vigilancia digital no es que te mire, sino que te fija, te congela en una categoría que después vos

pretendés volver coherente a la fuerza.

Y la vida real no es coherente y quien le va a poner el cuerpo a toda esa violencia sos vos y nadie más que vos.

La vigilancia opera mucho mejor cuando la gente cree que no hay alternativa, cuando naturalizamos la infraestructura, al punto de que el control se presenta como cuidado y para que eso no pase es

necesario volver a ver el hilo político atrás del lenguaje técnico, porque esto no es progreso, es una forma específica de gobierno y como toda forma de gobierno la podemos disputar. Los

regímenes de vigilancia operan sobre el futuro, ya sea anticipándolo, calculándolo, administrándolo. Por eso,

calculándolo, administrándolo. Por eso, defender la libertad implica defender un porvenir que no sea propiedad de modelos predictivos. Y acá capaz el cierre más

predictivos. Y acá capaz el cierre más honesto no consista en pretender destruir de un día para el otro la infraestructura de vigilancia. Se trata

más bien de recuperar la capacidad de decir que no y que se la banquen quienes se la tengan que bancar. No hay

redención ni promesas, hay insistencia y negativa. Y tal vez eso sea lo único que

negativa. Y tal vez eso sea lo único que honestamente podamos reclamar sin mentirnos. No la destrucción definitiva

mentirnos. No la destrucción definitiva del señor oscuro, sino la obstinación de quienes aún en Mordor siguen peleando.

Por más que el anillo caiga, la sombra permanece como memoria y como advertencia. Entonces, capaz el gesto no

advertencia. Entonces, capaz el gesto no sea esperar una segunda música que arregle el mundo de una vez y para siempre, sino sostener una forma de vida

que no se deja absorber del todo por la lógica del poder, algo que puede ser mínimo pero irreductible. Sostener la

sombra implica que exista algo humano en el centro de esta época de Algo que aunque haya sido cercado por sistemas que quieren volverlo el legible, sigue siendo capaz de enfrentar

las huestes con la única fuerza que le resulta intolerable, la de una vida que no se deja gobernar por inferencias.

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